17 nov. 2008

Mi jardin africano


Una de las agradables sorpresas que Inglaterra me ofreció la primera vez que la visite fue el darme cuenta de que las estaciones del año no correspondían a lo que yo había pensado de este país. Casi nunca vi la niebla, ni me encontré con esos días lúgubres que había visto en las películas en las que cualquier cosa podía pasarte si salías a la calle y por el contrario la primavera se me desplegó ante mi con una belleza espectacular. Los parques y jardines se adornaban con millares de flores y el verde de los árboles y el césped eran una invitación para los paseos diarios y la atracción de comerse un sándwich sentada en el o recrearse leyendo un buen libro.
Todo el año fui andando a la Escuela de Ingles a través de jardines y parques. Recuerdo muy bien que cruzaba Notting Hill Gate en donde vivía y entraba por uno de sus accesos en los jardines de Kensington. Los atravesaba hasta llegar a Hyde Park Corner y desde alli caminaba por sus senderos, bordeando el estanque inmenso del Serpentine y salía por una de las entradas laterales dejando a un lado el monumento que la reina Victoria hizo a su marido el príncipe Alberto. Me fascinaban los jardines y encontré que la primavera era una verdadera delicia en Londres.

En Malawi yo quería tener un jardín, un rocky garden con muchas plantas y arbustos, rocas de distintos tamaños y flores silvestres que crecieran en el. Y la ocasión se me presento cuando enviaron al hospital como administradora a una inglesa a la que le estaba costando bastante aceptar el cambio de un lugar a otro. Así que para animarla y sabiendo el amor que tienen los ingleses por los jardines le pedi que construyera uno pequeño en el interior del patio del hospital y aprovechando la pared de uno de sus muros. Ella se animo y me dijo que necesitaría materiales y semillas y plantas y yo me metí en la tarea de conseguir todo eso. Con la furgoneta nos fuimos a la montaña y recogimos piedras y rocas de distintos tamaños que junto con mucha tierra formaron un pequeño montículo con dos o tres niveles diferentes de altura y en un invernadero de Lilongwe encontré las plantas, arboles y semillas de flores.

Aquello además de divertirme me empezó a interesar mucho puesto que crear un jardín es algo muy bonito y verlo surgir de la nada produce mucha satisfacción además de ser muy relajante. Lo peor fue conseguir la gravilla que se necesitaba para hacer unos pequeños senderos que circulaban entre las plantas y arbustos. Elizabeth en uno de nuestros viajes de aprovisionamiento que hacíamos una vez al mes a la capital vio en la carretera general que estaba en construcción en aquella época la gravilla. Y me dijo que necesitaría un poco.
Regrese a la carretera un día con la furgoneta a ver al ingeniero de las obras y le pedí algo de gravilla. Era roca partida en pedazos muy diminutos, con un color blanco y grisáceo que brillaba por la noche a la luz de la luna como si fuera nieve y que utilizaban para hacer el asfalto de la carretera y la transportaban en grandes camiones a la obra. El ingeniero muy amable me dijo que cogiera la que necesitaba y me fui muy contenta. Lo peor vino cuando nos dimos cuenta de que no bastaba para el jardín y necesitábamos mas. Me tuve que armar de valor porque sentía algo de vergüenza volver allí, pero el rocky garden lo merecía y regrese a la obra que se encontraba a unos 25 Km. de distancia de Nkhamenya. Esta vez llenamos toda la furgoneta porque yo me dije que me faltaría el valor para ir y pedir una tercera vez y con esta carga ya tuvimos suficiente. En casa me dijeron que seguro que la carretera no se iba a terminar si yo me iba llevando la gravilla del asfalto pero conteste que no solo de carreteras vive el hombre sino también de la belleza y de lo que anima a la vista y da alegría al corazón.

El jardín se termino. Un diminuto jardín de rocas que junto con el sauce llorón que estaba en el medio del patio era una preciosidad y me recibía todas las mañanas al llegar a mi trabajo. También plantamos claveles a la entrada del hospital que es mi flor preferida pero eso no dio tanto resultado. Las chicas de la Escuela de Enseñanza secundaria nos los quitaban en cuanto crecían un poco pero llegue a resignarme y a aceptar esa situación. Alguien disfrutaba de su olor y de su encanto encima de alguna mesa y ese pensamiento me servia de consuelo por la perdida de los claveles. Pensé que también ayudaba a la gente joven a apreciar y a amar la Naturaleza y de ella una de las cosas mas bonitas que existen, las flores. Y yo contenta.

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