3 mar. 2008

Morir en Malawi


Una de mis experiencias difíciles de olvidar se remonta a un hospital de Misión en Madisi ( región central de Malawi) en el que yo trabajé dos años. En esos momentos se encontraba allí un médico joven francés de los que venían por un periodo de 18 meses enviados por la cooperación francesa. Philip sabía mucha medicina y era muy buen doctor.
Los partos en Malawi son siempre asistidos por las enfermeras comadronas a no ser que haya complicaciones y entonces el doctor interviene. Recuerdo muy bien que mandaron aviso a la sala en que yo estaba para que acudiera urgentemente a la sala de partos en donde una mujer de unos treinta y tantos años había dado a luz a su noveno hijo. Todo había ido muy bien pero al poco rato la mujer se había puesto a sangrar de una manera copiosa. Cuando yo entre en la sala Philip tenía su puño cerrado dentro del útero de la mujer conteniendo la hemorragia y pedía sangre urgentemente. Mi tipo de sangre es universal así que ya estaba acostumbrada a dar sangre en urgencias y allí mismo me sacaron medio litro de sangre y se lo pusieron a la mujer mientras buscábamos más. Cuando Philip sacaba su puño la hemorragia volvía a recomenzar y vi con desolación que la mujer volvía a colapsarse y que “mi sangre” corría por el suelo. Les dije que volvieran a sacarme algo más pero Philip se negó y buscamos entre los familiares que estaban en el hospital . Philip había vuelto a meter su mano y se veía cogido e inmovilizado sin poder hacer mucho más que soltar tacos y dar instrucciones. Había que hacer una histerectomía y todos corríamos preparando lo indispensable y manteniendo en vida a la mujer con botellas de sueros en cada brazo hasta que en unos pocos minutos vimos que la mujer hacía un gesto, extendía los brazos y expiraba.
El panorama era desolador. Había sangre por todas partes, en el suelo, en nuestros batas y uniformes, en los zapatos. Todos nos quedamos mudos y sin ninguna capacidad de reacción. Solo mirábamos a aquella mujer, madre de familia que acababa de morir y no habíamos podido hacer nada por ella. Creo que le hubiera dado toda mi sangre.
Philip salió de la sala de partos pegando un portazo y desapareció. Las cesáreas se hacían a menudo en el hospital pero él no era un cirujano y el hospital que hubiera podido tal vez salvar a aquella mujer estaba a dos horas de coche de allí. Yo también dejé al hospital, fui a la casa y entré en mi habitación. Tenía sangre por toda mi ropa y en las manos y hasta en la cara. Me senté en la cama y me eché a llorar…al poco escuché el sonido de la moto de Philips que se alejaba de la misión. Seguro que iba a hacer una buena carrera y dejar que el aire ola velocidad lo tranquilizará un poco. Yo me metí en la ducha, me cambié y volví al hospital.
Aquel día comprendí de verdad lo que es dar la vida por un hijo…y también sentí que me había muerto un poco.
Las mujeres africanas corren un riesgo constante en cada embarazo y parto y ellas saben que sus vidas dependerán de muchas cosas que no tienen.

1 comentario:

Petrusdom dijo...

Estas historias no salen nunca de la boca del sofisticado Dr. House.
Un abrazo