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11 may 2009

El Tiempo


Una de las frases mas corrientes utilizadas hasta ahora ha sido y es“la de que no tengo tiempo”. No tengo tiempo para ver a los amigos, ni para visitar a mis padres, ni para hacer deporte. Vamos siempre corriendo de un sitio a otro y no llegamos a todo lo que deseamos hacer. Tal vez sea una ambición muy grande planear tantas cosas para un mismo día, o tal vez al final de la jornada debíamos de hacer recuento de todas las cosas que hemos podido realizar para así darnos cuenta de lo que fueron muchas dentro de un agenda infinita e imposible que hemos planeado el día anterior.

Seguro que esta frase esta desapareciendo de la boca de muchas personas que se han quedado sin trabajo y que se cuentan ya por más de cuatro millones en España. Es muy posible que ahora tengan tiempo para muchas cosas pero no lo desean porque ese tiempo no es algo que agradecer sino la ausencia de algo necesario. Se necesita el trabajo para vivir y también para sentirnos útiles.

En África y en los hospitales de África siempre hay mucho mas trabajo de lo que se puede hacer y las jornadas se pueden alargar a veces hasta bien entrada la noche. Y durante la noche también existen esas llamadas de urgencia que hace que se duerma poco. Sin embargo una amiga canadiense siempre me corregía con una sonrisa cuando yo decía que no “tenia tiempo” “o que me faltaba el tiempo”. Ella me respondía que el tiempo esta ahí a nuestra disposición y que ni nos falta ni nos sobra lo único que tenemos que hacer es decidir como usarlo. Yo me rebelaba en medio de mi cansancio ante esta lógica imposible de rebatir pero me di cuenta viviendo en Africa que ella tenia razón.
El concepto del tiempo en Africa es completamente distinto del que tenemos los que nos llamamos pertenecientes al mundo occidental. En África el tiempo es el elemento indispensable para vivir las relaciones humanas, los acontecimientos de la vida, de la familia y del clan. John Mbiti un autor africano describe muy bien el uso y el significado del tiempo en las sociedades africanas.
En Malawi es imposible cruzarse con una persona conocida sin saludarse y sin dedicarse tiempo el uno al otro. A veces el encuentro puede consistir en una charla larga en posición de cuclillas, una posición de respeto, en medio de un camino o carretera polvorienta para que las cabezas y los cuerpos estén a un mismo nivel de altura sin sobresalir una de la otra o bien puede ser un simple saludo de pie en el que se entre crucen las frases corrientes de educación. Nadie parece tener prisa en esos momentos y todo lo que no sea la persona que se tiene delante carece de importancia.

Nosotros no lo hacemos bien. Muchas veces andando muy deprisa por la calle o en lugares públicos evitamos saludarnos para no “perder tiempo” y cuando nos damos de bruces con la persona y no podemos evitarlo nos pasamos cuatro o cinco minutos explicando que no tenemos tiempo de quedarnos y porque no lo tenemos. ¡Que error tan grande! En mi experiencia yo he aprendido que solo necesito de dos a tres minutos para sonreír y dar la mano o un beso a la persona que encuentro al mismo tiempo que le digo la agradable sorpresa que ha sido encontrarla y preguntar como esta ella, su familia o su trabajo. Solo he utilizado tres minutos de reloj pero la sensación al separarnos es de paz y bienestar. También es verdad que me encuentro con personas que no tienen prisa alguna y están dispuesta a contarnos todas sus enfermedades o los acontecimientos vividos los últimos 20 años. Para ellos utilizo un simple gesto de afecto como es el reposar una mano sobre el brazo de la persona para decir con educación y simpatía que la llamare y nos encontraremos para que podamos ponernos al día y tomar un café juntas.

En África nadie puede ni debe de faltar al funeral de un vecino o de un familiar. Se vive en otro contexto cultural con menos obligaciones laborales que las nuestras pero creo que mi hermana ha hecho una opción muy buena en sus relaciones personales: hacer lo posible e imposible por atender el funeral de los amigos y familiares de amigos o conocidos y optar por enviar regalos a las bodas o comuniones sin sentirse obligada a asistir excepto a las de los mas cercanos o íntimos. Todos sabemos que en momentos de dolor nunca vamos a olvidar los que nos acompañaron y estuvieron con nosotros apoyándonos con su presencia a vivir el sufrimiento mientras que es posible que no recordemos todas las caras de los que vinieron a las bodas o comuniones de los hijos, porque estaba tan nerviosa y ocupada en que todo saliera bien que me perdí un día tan feliz además de la cena y la fiesta.

Por lo que si que estoy de acuerdo en que el tiempo que nos toca vivir siempre esta ahí pero que es a nosotros utilizarlo como lo deseamos y de acuerdo con nuestras prioridades que desgraciadamente ya no son las de las relaciones personales .En eso los africanos nos llevan mucha ventaja y de ellos trato de aprender.

17 nov 2008

Mi jardin africano


Una de las agradables sorpresas que Inglaterra me ofreció la primera vez que la visite fue el darme cuenta de que las estaciones del año no correspondían a lo que yo había pensado de este país. Casi nunca vi la niebla, ni me encontré con esos días lúgubres que había visto en las películas en las que cualquier cosa podía pasarte si salías a la calle y por el contrario la primavera se me desplegó ante mi con una belleza espectacular. Los parques y jardines se adornaban con millares de flores y el verde de los árboles y el césped eran una invitación para los paseos diarios y la atracción de comerse un sándwich sentada en el o recrearse leyendo un buen libro.
Todo el año fui andando a la Escuela de Ingles a través de jardines y parques. Recuerdo muy bien que cruzaba Notting Hill Gate en donde vivía y entraba por uno de sus accesos en los jardines de Kensington. Los atravesaba hasta llegar a Hyde Park Corner y desde alli caminaba por sus senderos, bordeando el estanque inmenso del Serpentine y salía por una de las entradas laterales dejando a un lado el monumento que la reina Victoria hizo a su marido el príncipe Alberto. Me fascinaban los jardines y encontré que la primavera era una verdadera delicia en Londres.

En Malawi yo quería tener un jardín, un rocky garden con muchas plantas y arbustos, rocas de distintos tamaños y flores silvestres que crecieran en el. Y la ocasión se me presento cuando enviaron al hospital como administradora a una inglesa a la que le estaba costando bastante aceptar el cambio de un lugar a otro. Así que para animarla y sabiendo el amor que tienen los ingleses por los jardines le pedi que construyera uno pequeño en el interior del patio del hospital y aprovechando la pared de uno de sus muros. Ella se animo y me dijo que necesitaría materiales y semillas y plantas y yo me metí en la tarea de conseguir todo eso. Con la furgoneta nos fuimos a la montaña y recogimos piedras y rocas de distintos tamaños que junto con mucha tierra formaron un pequeño montículo con dos o tres niveles diferentes de altura y en un invernadero de Lilongwe encontré las plantas, arboles y semillas de flores.

Aquello además de divertirme me empezó a interesar mucho puesto que crear un jardín es algo muy bonito y verlo surgir de la nada produce mucha satisfacción además de ser muy relajante. Lo peor fue conseguir la gravilla que se necesitaba para hacer unos pequeños senderos que circulaban entre las plantas y arbustos. Elizabeth en uno de nuestros viajes de aprovisionamiento que hacíamos una vez al mes a la capital vio en la carretera general que estaba en construcción en aquella época la gravilla. Y me dijo que necesitaría un poco.
Regrese a la carretera un día con la furgoneta a ver al ingeniero de las obras y le pedí algo de gravilla. Era roca partida en pedazos muy diminutos, con un color blanco y grisáceo que brillaba por la noche a la luz de la luna como si fuera nieve y que utilizaban para hacer el asfalto de la carretera y la transportaban en grandes camiones a la obra. El ingeniero muy amable me dijo que cogiera la que necesitaba y me fui muy contenta. Lo peor vino cuando nos dimos cuenta de que no bastaba para el jardín y necesitábamos mas. Me tuve que armar de valor porque sentía algo de vergüenza volver allí, pero el rocky garden lo merecía y regrese a la obra que se encontraba a unos 25 Km. de distancia de Nkhamenya. Esta vez llenamos toda la furgoneta porque yo me dije que me faltaría el valor para ir y pedir una tercera vez y con esta carga ya tuvimos suficiente. En casa me dijeron que seguro que la carretera no se iba a terminar si yo me iba llevando la gravilla del asfalto pero conteste que no solo de carreteras vive el hombre sino también de la belleza y de lo que anima a la vista y da alegría al corazón.

El jardín se termino. Un diminuto jardín de rocas que junto con el sauce llorón que estaba en el medio del patio era una preciosidad y me recibía todas las mañanas al llegar a mi trabajo. También plantamos claveles a la entrada del hospital que es mi flor preferida pero eso no dio tanto resultado. Las chicas de la Escuela de Enseñanza secundaria nos los quitaban en cuanto crecían un poco pero llegue a resignarme y a aceptar esa situación. Alguien disfrutaba de su olor y de su encanto encima de alguna mesa y ese pensamiento me servia de consuelo por la perdida de los claveles. Pensé que también ayudaba a la gente joven a apreciar y a amar la Naturaleza y de ella una de las cosas mas bonitas que existen, las flores. Y yo contenta.

30 oct 2008

Mis amigos africanos


Mis amigos africanos.

La amistad es una de las cosas más importantes que la vida nos ofrece y dicen los refranes de todas las lenguas y culturas que un amigo vale más que todo el oro del mundo aunque me es difícil imaginar todo el oro del mundo junto. Así que su valor es incontable.

Mis primeros amigos africanos fueron cinco varones y la realidad es que en la amistad no existe la edad y también que la amistad surge entre gente de muy diversos y opuestos caracteres, clases sociales y sexo. No tiene fronteras. Mis cinco amigos tenían una edad comprendida entre un poco menos de tres y seis años y yo que acababa de llegar a África con 26 años cumplidos.
Recuerdo muy bien nuestro primer encuentro porque esas cosas no se olvidan jamás y yo salía por la puerta del hospital de Nkhamenia en Malawi cargada de unas bolsas de plástico cuando los cinco críos que jugaban por allí se me acercaron corriendo y empezaron a cogerme de las manos todos los paquetes. En la cultura africana cuando dos personas se encuentran una forma de respeto y hospitalidad es descargarte enseguida de cualquier equipaje o peso que lleves y cargarlo ellos. Me di cuenta de que una bolsa era demasiado grande para uno de los críos que para no arrastrarla la llevaba delante de el izándola con las dos manos hasta su barbilla con gran esfuerzo. Del hospital a nuestra casa había unos cien metros y en unos pocos minutos ya estábamos todos allí. En los próximos días volví a verlos correr hacia mi cuando salía del hospital al atardecer y acompañarme a la puerta hasta que un día al abrir la puerta de la casa a las siete de la mañana los encontré sentados a los cinco en los peldaños de la puerta y ponerse de pie de un salto cuando oyeron el ruido al abrirla. Yo no tenia siempre cosas que llevar del hospital a la casa y viceversa pero si que llevaba muchos manojos de llaves y les daba uno a cada uno y al más pequeño mi bolígrafo para que no hiciera pucheros por encontrarse menos importante.
Aquello se convirtió en un ritual y yo intentaba andar lo mas despacio posible aquel trayecto tan corto para que pudiéramos gozar de nuestra mutua compañía y aunque muchas veces anochecía conmigo en el hospital debido al trabajo, mis amigos siempre me esperaban con gran paciencia y sonrisa hasta que yo terminaba y salía para irme a casa.
Nos entendíamos bien, no hablábamos mucho pero en la amistad lo importante es sentirse a gusto con la persona que se quiere y no hacen falta las palabras aunque también es verdad que entre amigos o amigas parece que nunca se terminan los temas de conversación y el tiempo siempre se hace muy corto. ¡Que cosas! A mi el mas joven, el que no tenia aun los tres años me hacia mucha gracia porque además de su carilla risueña llevaba unos pantalones cortos de su hermano que a el le llegaban casi a los tobillos de sus pies desnudos y le evitaban correr por el peligro de caerse al suelo de bruces.
Nuestra amistad tuvo que pasar por alguna prueba dificl pero la superamos bien. Una mañana un trabajador del hospital vino a la oficina para decirme que nos habían quitado un metro y medio de valla de alambre que teníamos alrededor de las cocinas al aire libre en las que cocinaban las comidas los familiares de los enfermos y que habíamos construido para evitar que entraran las cabras y los perros. ¡Vaya, por Dios!
Al día siguiente y desde una ventana del hospital vi a dos de mis amigos corriendo a toda velocidad y llevando delante de ellos dos coches de alambre que hacían funcionar desde un trozo de alambre que sujetaban con la mano y que iba directamente al coche. Creo que sonreí al verlos tan contentos pero enseguida la bombilla se encendió en mi mente. ¡El alambre! Así que los hice traer a la oficina y estaban tan nerviosos que pensé que iba a tener algún accidente de salidas de aguas incontrolado porque las manos iban todo el rato al pantalón. Les dije que estaba avergonzada de ellos y que tenia tres soluciones: avisar al policía del puesto cercano lo que significaría cuarto oscuro y prisión, decírselos a sus padres, con consecuencias de alguna marca azul en los traseros o hablar con sus madres y olvidarme de comprarles a los dos el lápiz para la escuela cuando fuera a Lilongwe a final de mes. Así que creo que optaba por la ultima solución y que los coches quedaban confiscados por un tiempo en mi oficina y ya hablaríamos mas tarde de si podían recuperarlos o no.

Tengo que decir que esos coches o figuras de alambre son verdaderas obras de arte y que en uno de esos coches se pueden apreciar todos los detalles mas insignificantes: los faros, el volante, la figura del conductor. Son extraordinarios. Y algo sobre el lápiz. Nunca hasta que llegue a Malawi había visto un lápiz de menos de un centímetro de largo. Los niños le van sacando punta para hacerlos durar hasta casi al final y he visto la maestría con la que lo sujetan entre sus pequeños dedos cuando escriben pero nunca he podido explicarme como pueden hacer para sacarles la punta cuando no queda ya casi nada de el. Debe de ser muy difícil.

Nuestra amistad resistió y eso es lo importante. Durante el transcurso de aquel día de trabajo pensé en la posibilidad de que ese día no me esperaran y eso me hacia daño. Pero en la amistad verdadera la duda no cabe. Silenciosos y contritos encontré al grupo aquella noche esperándome e hicimos nuestro rito de pasearnos juntos hasta la casa como si nada hubiera pasado. Su fidelidad constante a través de los cambios de las estaciones, lluvias, barro y frías mañanas siempre me ha parecido como un ejemplo de lo que es la amistad verdadera y fiel que a de pasar a veces pruebas muy difíciles, como el oro en el crisol, para que se haga mas fuerte, ¡o afrontar la perdida de unos pocos metros de alambre! Pero mis amigos africanos a pesar de su juventud y yo la superamos. Y eso es algo muy bueno de lo que sentirse orgullosa.

1 oct 2008

Tengo una hija



…en África. Y no se si esta viva o no, cuantos hijos tiene o donde se encuentra ahora. Por su edad ya debe de haberse casado hace algunos años. ¿Vivirá en Malawi o habrá emigrado a otro país a trabajar con su marido y familia? No se como es su rostro de mujer, ni si hizo algunos estudios o se quedo en su pueblo y no ha salido de el porque también desconozco el nombre del pueblo en donde nació... No se nada de ella. Pero la recuerdo muchas veces.

Hace ya casi treinta años que la tuve en mis brazos, una noche en que me la entregaron cuando una furgoneta paró enfrente del hospital de Nkamenya llevando sobre un jergón a una mujer muy joven de la que apenas pude ver el rostro pero del que aun retengo con viveza el color de su vestido, era azul y sobre el varios paños de algodón, chitenjes, típicos de Malawi que la cubrían para evitarle el frío de la noche. Había dado a luz en el pueblo a una niña preciosa. Los niños africanos nacen con el color de la piel muy blanca, rosada y al cabo de dos o tres días se oscurecen. La mujer estaba muy enferma, por lo que me pareció ver entre la oscuridad y la luz de un candil sufría de una infección puerperal y además estaba toda amarilla por lo que hice que la furgoneta continuara camino hacia el hospital del distrito a unas dos o tres horas de Nkamenya en donde había un doctor y podrían también examinarla en un quirófano si era necesario. Su madre y otros familiares estaban sentados en la furgoneta alrededor de ella y cuando el coche partió allí me quede yo con la niña en mis brazos.

La miré y vi que era muy guapa, tenía unas pestañas muy largas, dormía apaciblemente y la metí en un pequeño cuarto que habíamos habilitado para los prematuros. El carpintero me había hecho unas cajas de madera con patas altas y debajo de los colchoncitos cambiábamos constantemente las bolsas de agua caliente para mantener a los bebes lo mejor posible porque no teníamos electricidad y no podíamos disponer de bombillas grandes que irradiaran calor y menos que nada de incubadoras. Ese cuarto siempre estaba lleno con unos 7 u 8 prematuros. Las madres entraban cada tres horas a exprimirse la leche y yo les ponía a los niños un tubo naso gástrico por el que les alimentábamos utilizando una jeringuilla grande. De esta manera les evitábamos el esfuerzo de amamantarse y cada semana los pesábamos para controlar su peso. Cuando llegaban a los dos Kg. y medio se les terminaba la estancia en el hospital. Por lo general permanecían en el una media de dos o tres meses y gracias a esos cuidados tan simples sobrevivían. Las madres muy jóvenes, formaban el equipo de baloncesto que yo había organizado y que se enfrentaba contra el nuestro de enfermeras y limpiadoras todas las tardes al cierre del dispensario al público. Esperábamos ese momento con alegría

.

Las enfermeras decidieron llamar a la niña Jane y yo me hice cargo de ella puesto que me la habían confiado a mí hasta que la madre se repusiera o si por desgracia moría la abuela volviera a buscarla. De momento era mía. Así que aunque no era prematura paso a formar parte del grupo de los prematuros como yo pase también de responsable del hospital al grupo de las madres que cada tres horas entraba para darle los biberones de leche en polvo para recién nacido a la niña. Fue a los pocos días que Jane enfermó, se puso amarilla con una ictericia fisiológica, su hígado no trabajaba y empezó a devolver, a tener diarrea y a quedarse en los huesos y la piel. Yo pensaba mucho en su madre y lo horrible que seria decirle que la niña había muerto, además del cariño que la niña ya me inspiraba y probé a mantenerla viva con todas las combinaciones posibles de concentraciones de glucosa, agua de arroz y antibióticos. La niña estaba malísima. Recuerdo que por las noches y a la luz de una vela estudie todos lo síntomas y todos los tratamientos posibles para esos casos y media al mililitro lo que le daba. Necesitaba cuidados veinticuatro horas al día y se me ocurrió pedir en mi casa que me dejaran tener a la niña por las noches algo que hizo abrir los ojos hasta casi salírsele de las orbitas a una hermana holandesa muy buena pero muy seria que pensó yo estaba algo o muy loca. Aquello era anticultural, además de que en la casa vivíamos siete personas que trabajaban todos los días de sol a sol en la misión y necesitaban dormir por la noche. Así que me arregle para cruzar al hospital antes de acostarme muy tarde y otra vez antes de que amaneciera. Una toma del medio se la encargue a la enfermera que hacia la guardia. Pase así unas tres semanas en las que empecé a deambular medio dormida durante el resto del día. Jane estaba casi cadavérica y yo ya no encontraba lugar en su cuerpecillo en donde pincharle pero salió de aquello y se repuso. Parecía que aquella cosita pequeña quería vivir y vivió, engordo y recobro un peso normal y volvió a ser muy guapa.

Pasaron dos o tres meses sin saber poco más sino que la madre vivía y seguía en el hospital hasta que un día apareció a la puerta del nuestro la abuela que venia en busca de Jane. Y yo se la entregué con una sonrisa que ocultaba mi dolor de perdida mientras ella miraba a la niña embelesada y sin dejar que mis sentimientos se translucieran mucho o nada me fui con el corazón partido a la casa para que no me vieran llorar.

Y nunca supe más. Habían pasado 12 años cuando un día a la puerta del hospital de Kasungu una mujer que me había reconocido se me acercó llevando en la mano una niña. Me dijo si me acordaba de ella y le dije que me perdonara pero como veía tanta gente diariamente pues la verdad era que no. Y entonces acercó mas la niña hacia mi y me dijo “Es Jane, tu hija”. Yo estaba mas que sorprendida y la niña aunque me miraba tímidamente estaba claro que sabia quien era yo. La besé sin asustarla y la madre me dijo que vivían en un pueblo de los alrededores de Kasungu y que Jane iba a la Escuela. Les dije lo que me alegraba mucho de verlas a las dos, miré muchas veces a la niña, nos despedimos y ya no le he vuelto a ver mas.

A pesar de tantos años transcurridos con tantos enfermos y tantos niños que he tenido en mis brazos para cuidarlos aun recuerdo a Jane como a mi hija y como un honor y un regalo que África me concedió para que aprendiera a amar a este continente y a sus gente mas.

3 mar 2008

Morir en Malawi


Una de mis experiencias difíciles de olvidar se remonta a un hospital de Misión en Madisi ( región central de Malawi) en el que yo trabajé dos años. En esos momentos se encontraba allí un médico joven francés de los que venían por un periodo de 18 meses enviados por la cooperación francesa. Philip sabía mucha medicina y era muy buen doctor.
Los partos en Malawi son siempre asistidos por las enfermeras comadronas a no ser que haya complicaciones y entonces el doctor interviene. Recuerdo muy bien que mandaron aviso a la sala en que yo estaba para que acudiera urgentemente a la sala de partos en donde una mujer de unos treinta y tantos años había dado a luz a su noveno hijo. Todo había ido muy bien pero al poco rato la mujer se había puesto a sangrar de una manera copiosa. Cuando yo entre en la sala Philip tenía su puño cerrado dentro del útero de la mujer conteniendo la hemorragia y pedía sangre urgentemente. Mi tipo de sangre es universal así que ya estaba acostumbrada a dar sangre en urgencias y allí mismo me sacaron medio litro de sangre y se lo pusieron a la mujer mientras buscábamos más. Cuando Philip sacaba su puño la hemorragia volvía a recomenzar y vi con desolación que la mujer volvía a colapsarse y que “mi sangre” corría por el suelo. Les dije que volvieran a sacarme algo más pero Philip se negó y buscamos entre los familiares que estaban en el hospital . Philip había vuelto a meter su mano y se veía cogido e inmovilizado sin poder hacer mucho más que soltar tacos y dar instrucciones. Había que hacer una histerectomía y todos corríamos preparando lo indispensable y manteniendo en vida a la mujer con botellas de sueros en cada brazo hasta que en unos pocos minutos vimos que la mujer hacía un gesto, extendía los brazos y expiraba.
El panorama era desolador. Había sangre por todas partes, en el suelo, en nuestros batas y uniformes, en los zapatos. Todos nos quedamos mudos y sin ninguna capacidad de reacción. Solo mirábamos a aquella mujer, madre de familia que acababa de morir y no habíamos podido hacer nada por ella. Creo que le hubiera dado toda mi sangre.
Philip salió de la sala de partos pegando un portazo y desapareció. Las cesáreas se hacían a menudo en el hospital pero él no era un cirujano y el hospital que hubiera podido tal vez salvar a aquella mujer estaba a dos horas de coche de allí. Yo también dejé al hospital, fui a la casa y entré en mi habitación. Tenía sangre por toda mi ropa y en las manos y hasta en la cara. Me senté en la cama y me eché a llorar…al poco escuché el sonido de la moto de Philips que se alejaba de la misión. Seguro que iba a hacer una buena carrera y dejar que el aire ola velocidad lo tranquilizará un poco. Yo me metí en la ducha, me cambié y volví al hospital.
Aquel día comprendí de verdad lo que es dar la vida por un hijo…y también sentí que me había muerto un poco.
Las mujeres africanas corren un riesgo constante en cada embarazo y parto y ellas saben que sus vidas dependerán de muchas cosas que no tienen.

15 dic 2007

La dulzura de la pobreza


Recuerdo un niño pequeño, tal vez de unos 6 años que vino un día tosiendo mucho al Hospital de Nkhamenya, una misión situada en el Centro-Norte de Malawi. Iba naturalmente descalzo y vestía un pantalón corto de color grisque usan en las Escuelas Primarias. El pantalón estaba muy usado pero lo mantenía alrededor de su cintura atado con un cordel. Sobre el cuerpo llevaba un pedazo de tela colgando que nosotros llamaríamos andrajo y que solo se mantenía en la mitad de su cuerpo pasándolo por un brazo.
Los niños tienen que andar muchos km. para transladarse de sus poblados a la Escuela cada dia y soportan mejor la época del calor que la de las lluvias. Durante la época de las lluvias se mojan por el camino y luego la ropa se les seca en el cuerpo lo que les produce muchos resfriados e incluso pulmonías. Aquel niño tosía mucho y yo quise remover aquella tela que llevaba colgada sobre un hombro para auscultar le mejor. Cuando hice el movimiento el niño se agarró a ella y se puso a llorar. Yo no entendía nada y le traté de tranquilizar diciendo que solo iba a escuchar sus pulmones. Pero el niño se aferraba mucho más fuertemente al pedazo de tela.

Aunque la Escuela Primaria es gratuita, los padres han de proveer a los niños con los uniformes que se llevan en la Escuela. El uniforme cuesta el equivalente a unos dos euros y muchos niños no van a la escuela porque sus padres no pueden comprarles el uniforme ni el lápiz y libreta que necesitan para aprender a leer y escribir.
Aquel niño llevaba el pantalón de la escuela y el harapo que le quedaba sobre su cuerpo era algo que antes seguramente había sido la camisa del uniforme. Ya no le quedaba nada pero él sentía que mientras le quedara un pedazo iba vestido con su uniforme. Me quedé transpasada de una com-pasión y una dulzura que no había conocido antes. Aún recuerdo a aquel niño.

Anoche soñe con la tierra roja de Africa.


Anoche soñé con la tierra roja de África. Roja como el fuego, o como el Sol en un atardecer en que se esconde entre las nubes formando una bola incandescente que hace que todo lo que ilumina, árboles, plantas animales y hasta las personas cambiemos de repente y nos volvamos todos rojos.Cuando se anda por los caminos de Malawi las sandalias se vuelven rojas y los pies también. El barro de la época de las lluvias es imposible de remover de los bajos de los chitenches, paños que se atan alrededor de la cintura y caen hasta el suelo y que usan las mujeres africanas para vestirse, y de todo aquello que toca el suelo o que el fango alcanza al chisporrotear hacia arriba mientras andamos por él. Es tierra arcillosa y muy útil para fabricar ladrillos que ya tienen ese color sin que se les trate con nada.En ninguna otra parte del mundo he visto la tierra tan rojiza ni tan viva. Tierra en la que se planta el maíz, el tabaco, el café y el algodón. Tierra con la que se construyen las vasijas y utensilios de la casa, tierra que se mezcla con sustancias para formar pinturas con que cubrir el cuerpo en las ceremonias religiosas de los antepasados, o adornarse los rostros para las fiestas. Una tierra que se mete por los orificios de la nariz y por la boca en la estación seca y que se convierte en lodazales en la de lluvias en los que es imposible transitar. Tierra que te viene a la mente sin que la hayas invitado a que te visite y que se mete en tus sueños como una intrusa trayendo aromas, colores y luces . Pero así es la tierra de África.

10 dic 2007

Una mujer africana

Recuerdo una noche en que el vigilante vino a avisarme para que atendiera a alguien en el hospital. Siempre oía sus pasos al tocar la gravilla delante de mi ventana abierta y no necesitaba que él golpeara silenciosamente los cristales de ella para no despertar a quien dormía en las otras habitaciones de al lado. Teníamos una casa sencilla hecha de ladrillo y las habitaciones eran unas contiguas a las otras así que las ventanas se alienaban al exterior.
Ya estaba acostumbrada a levantarme una o varias veces cada noche cuando llegaban urgencias al hospital o la enfermera de guardia tenía problema con algún enfermo así que mi sueño era ligero y cuando escuchaba pasos yo ya me incorporaba de la cama con un salto y decía que ya salía. Me vestía con rapidez y Banda me esperaba afuera. Era un hombre entrado en años que se cubría con un abrigo viejo que le llegaba hasta los pies y arrastraba por la tierra que había sacado de algún baúl de un misionero y en la mano llevaba siempre un machete con una hoja grande y afilada y en la otra la lámpara de petróleo de mecha. La verdad es que verlo en la oscuridad asustaba a cualquiera sino se le conocía y entre su piel oscura y aquellos ropajes largos era casi imposible distinguirlo de la noche y de sus sombras. Se acostaba en distintos lugares del hospital y las enfermeras lo llamaban para que viniera a buscarme sin que ellas tuvieran que salir del recinto del hospital.

Aquella noche lo seguí mientras me decía que había una mujer muy herida y yo ya hacía cabalas pensando en lo que me iba a encontrar. De la casa al hospital había un trayecto de unos 100 metros que recorríamos los dos juntos y en los que yo siempre me sentía muy segura. Aquella noche había luna llena y en África la luz de la luna es tan fuerte y brillante , tan cercana que reflejándose en los techos del hospital o de nuestra casa hechos de hojalata parece que hay nieve sobre ellos . Se pueden contar las piedras del camino, admirar las plantas, divisar la silueta completa de la Iglesia bañada en la luz y hasta leer un libro con facilidad. Es un espectáculo imposible de describir.

El hospital tenía tres escalones a la entrada y allí se encontraba una mujer mayor sentada en uno de ellos y acurrucada en silencio. Normalmente los enfermos que llegaban de lejos siempre entraban a la sala de los pacientes en donde estaba la enfermera así que yo pensé en que era una acompañante. Me paré a su lado y le pregunte donde estaba la persona herida. Ella con una calma total me contestó que era ella. Me quedé parada y atónita… Yo esperaba encontrar a alguien tumbado, rodeado de gente y que sufría. Aquella mujer era la calma y la tranquilidad total. Empecé a pensar que no entendía que podía ser que no hubieran podido hacer los otros sin mi ayuda cuando le pregunté que le pasaba y porque había venido en medio de la noche andando tantos Km. desde su pueblo cuando ella se volvió para enseñarme su espalda. Al cortar leña con fuerza había hecho un gesto muy fuerte y la segunda hoja del hacha, la que queda atrás se le había clavado completamente en la espalda. La herida era profunda y larga y dejaba ver hasta el hueso.
No lo entendí, aún eran mis primeros años en África y aún no habíamos conocido la epidemia del Sida , ni el hambre nos había asolado, como en años posteriores. Yo aún no sabía la capacidad que tiene la mujer africana para el sufrimiento. Lo aprendería más tarde y día a día viviendo con ellos pero aquella mujer siempre ha sido para mí la representación de la fuerza interior del ser humano, de la serenidad con que se puede vivir lo bueno y lo malo que nos acontece sin aspavientos y con dignidad.
Naturalmente que atendí a su herida. La invité a que pasará conmigo adentro de la sala de curas y allí cosimos y reparamos aquella espalda.