6 jul. 2012

RETAZOS DE UN VIAJE

Jerusalem es sinónimo para muchos de Ciudad Santa, y lo es por la confluencia que se haya en ella de culturas y de las grandes religiones monoteístas tan importantes como el Cristianismo, el Judaísmo, el Islam y por tanto es un lugar de peregrinaje a donde la gente va a visitar templos, iglesias y mezquitas.
 Lo que menos podía figurarme es que de pronto un día me encontraría en las tierras altas de Avedat, en el centro y norte de las montañas de Negev, 600 metros sobre el nivel del mar, en un lugar extraordinario y andando plácidamente en el fondo del lecho del río Zin. Estas paredes del barranco están formadas en su parte inferior por capas de basalto y arcilla de color rojo y verde. En un lejano pasado geológico y antes de que el valle de Arava se hundiera en la formación del Gran Rift que atraviesa todo el continente africano, las partes altas de este río Zin corría por las alturas de Avedat afluyendo al río Besor que a la vez terminaba en el Mar Mediterráneo.
Después de esta gran depresión, los niveles de cientos de metros se formaron entre el suelo del valle y los riachuelos que corren en la parte alta. Y a partir de entonces la erosión y las lluvias hicieron el resto hasta lo que existe actualmente y que tiene una antigüedad de 45.000 años. Y eso es lo que contemplaban mis ojos...un largo cañón de 20 kilómetros por los que pasear en su lecho, ascender y descender por sus paredes y sobre todo admirar este gran espectáculo de la naturaleza. Las pequeñas fuentes y riachuelos que encontramos a nuestro paso son como oasis en las que crece una gran vegetación. El verde armoniza con las capas blancas de las rocas convirtiendo el lugar en uno de los mas bellos del Negev. Las cañas, los juncos y las matas del desierto junto a la verde vegetación se adornan con el tamarisco. Todo es un contraste impresionante.
La sensación de desierto la proporciona las grandes rocas que forman las paredes y el frescor la de los pequeños oasis en donde detrás de algún árbol y arbustos nos miran con orgullo y cabeza altiva la cabra montesa que sube y baja con elegancia por sus escarpadas laderas.

Termino el paseo con otra sorpresa...una cascada de agua que en su caída libre y musical forma una piscina natural semi circular en donde naturalmente esta prohibido bañarse pero no refrescarse y sentarse en sus orillas. Las cabras montesas tienen pues asegurada el agua y un hábitat lujoso para vivir.
 Un paseo imprescindible si se visita Israel.

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