30 oct. 2008

Mis amigos africanos


Mis amigos africanos.

La amistad es una de las cosas más importantes que la vida nos ofrece y dicen los refranes de todas las lenguas y culturas que un amigo vale más que todo el oro del mundo aunque me es difícil imaginar todo el oro del mundo junto. Así que su valor es incontable.

Mis primeros amigos africanos fueron cinco varones y la realidad es que en la amistad no existe la edad y también que la amistad surge entre gente de muy diversos y opuestos caracteres, clases sociales y sexo. No tiene fronteras. Mis cinco amigos tenían una edad comprendida entre un poco menos de tres y seis años y yo que acababa de llegar a África con 26 años cumplidos.
Recuerdo muy bien nuestro primer encuentro porque esas cosas no se olvidan jamás y yo salía por la puerta del hospital de Nkhamenia en Malawi cargada de unas bolsas de plástico cuando los cinco críos que jugaban por allí se me acercaron corriendo y empezaron a cogerme de las manos todos los paquetes. En la cultura africana cuando dos personas se encuentran una forma de respeto y hospitalidad es descargarte enseguida de cualquier equipaje o peso que lleves y cargarlo ellos. Me di cuenta de que una bolsa era demasiado grande para uno de los críos que para no arrastrarla la llevaba delante de el izándola con las dos manos hasta su barbilla con gran esfuerzo. Del hospital a nuestra casa había unos cien metros y en unos pocos minutos ya estábamos todos allí. En los próximos días volví a verlos correr hacia mi cuando salía del hospital al atardecer y acompañarme a la puerta hasta que un día al abrir la puerta de la casa a las siete de la mañana los encontré sentados a los cinco en los peldaños de la puerta y ponerse de pie de un salto cuando oyeron el ruido al abrirla. Yo no tenia siempre cosas que llevar del hospital a la casa y viceversa pero si que llevaba muchos manojos de llaves y les daba uno a cada uno y al más pequeño mi bolígrafo para que no hiciera pucheros por encontrarse menos importante.
Aquello se convirtió en un ritual y yo intentaba andar lo mas despacio posible aquel trayecto tan corto para que pudiéramos gozar de nuestra mutua compañía y aunque muchas veces anochecía conmigo en el hospital debido al trabajo, mis amigos siempre me esperaban con gran paciencia y sonrisa hasta que yo terminaba y salía para irme a casa.
Nos entendíamos bien, no hablábamos mucho pero en la amistad lo importante es sentirse a gusto con la persona que se quiere y no hacen falta las palabras aunque también es verdad que entre amigos o amigas parece que nunca se terminan los temas de conversación y el tiempo siempre se hace muy corto. ¡Que cosas! A mi el mas joven, el que no tenia aun los tres años me hacia mucha gracia porque además de su carilla risueña llevaba unos pantalones cortos de su hermano que a el le llegaban casi a los tobillos de sus pies desnudos y le evitaban correr por el peligro de caerse al suelo de bruces.
Nuestra amistad tuvo que pasar por alguna prueba dificl pero la superamos bien. Una mañana un trabajador del hospital vino a la oficina para decirme que nos habían quitado un metro y medio de valla de alambre que teníamos alrededor de las cocinas al aire libre en las que cocinaban las comidas los familiares de los enfermos y que habíamos construido para evitar que entraran las cabras y los perros. ¡Vaya, por Dios!
Al día siguiente y desde una ventana del hospital vi a dos de mis amigos corriendo a toda velocidad y llevando delante de ellos dos coches de alambre que hacían funcionar desde un trozo de alambre que sujetaban con la mano y que iba directamente al coche. Creo que sonreí al verlos tan contentos pero enseguida la bombilla se encendió en mi mente. ¡El alambre! Así que los hice traer a la oficina y estaban tan nerviosos que pensé que iba a tener algún accidente de salidas de aguas incontrolado porque las manos iban todo el rato al pantalón. Les dije que estaba avergonzada de ellos y que tenia tres soluciones: avisar al policía del puesto cercano lo que significaría cuarto oscuro y prisión, decírselos a sus padres, con consecuencias de alguna marca azul en los traseros o hablar con sus madres y olvidarme de comprarles a los dos el lápiz para la escuela cuando fuera a Lilongwe a final de mes. Así que creo que optaba por la ultima solución y que los coches quedaban confiscados por un tiempo en mi oficina y ya hablaríamos mas tarde de si podían recuperarlos o no.

Tengo que decir que esos coches o figuras de alambre son verdaderas obras de arte y que en uno de esos coches se pueden apreciar todos los detalles mas insignificantes: los faros, el volante, la figura del conductor. Son extraordinarios. Y algo sobre el lápiz. Nunca hasta que llegue a Malawi había visto un lápiz de menos de un centímetro de largo. Los niños le van sacando punta para hacerlos durar hasta casi al final y he visto la maestría con la que lo sujetan entre sus pequeños dedos cuando escriben pero nunca he podido explicarme como pueden hacer para sacarles la punta cuando no queda ya casi nada de el. Debe de ser muy difícil.

Nuestra amistad resistió y eso es lo importante. Durante el transcurso de aquel día de trabajo pensé en la posibilidad de que ese día no me esperaran y eso me hacia daño. Pero en la amistad verdadera la duda no cabe. Silenciosos y contritos encontré al grupo aquella noche esperándome e hicimos nuestro rito de pasearnos juntos hasta la casa como si nada hubiera pasado. Su fidelidad constante a través de los cambios de las estaciones, lluvias, barro y frías mañanas siempre me ha parecido como un ejemplo de lo que es la amistad verdadera y fiel que a de pasar a veces pruebas muy difíciles, como el oro en el crisol, para que se haga mas fuerte, ¡o afrontar la perdida de unos pocos metros de alambre! Pero mis amigos africanos a pesar de su juventud y yo la superamos. Y eso es algo muy bueno de lo que sentirse orgullosa.

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