7 ene. 2009

Viaje al Sur



El valle de M’ Zab

El valle del M’ Zab esta formado por distintas poblaciones: El Atteuf, Bounoura, Beni Izguen, Melika Guerrara, Berriane y Ghardaia.

Y allí me marche para conocer un poco el Sur y salir de Argel durante los cinco días que tuve de vacaciones en el mes de Diciembre pasado. Los turistas viajan en avión hasta Tamarraset 1200 Km. mas al Sur porque es donde pueden ver el desierto de las dunas y la arena y dormir en tiendas en medio del desierto. Esto es mucho más seguro que hacer largos viajes en coche pero en cuanto dejamos Ourgla, a cuatrocientos Km. de Argel ya nos encontramos en pleno Sahara. Así que desde Argel y en coche, a unas ocho horas de viaje ya se llega a Ghardaia y en medio de un Sahara rocoso y con uno de los paisajes y facetas que ofrece el desierto: la aridez, la piedra, la falta total de vegetación y grandes montañas que se suceden una a la otra enlazadas formando una gran muralla que por la perpendicularidad de sus paredes dan la impresión de ser inexpugnables sino es a través del alpinismo puro y profesional. Mirando a través de las ventanillas del coche me decía ¿pero quien puede subir ahí?
El pueblo de Berriane se encuentra antes de llegar a Ghardaia y me llamo la atención la cantidad de policía que guarda sus calles y plazas. Parece ser que las comunidades árabes y mozabitas están en continuo conflicto y hay muchos disturbios y luchas entre ellos.

En Ghardaia tuve mucha suerte porque se encontraban allí dos familiares de una pareja de cooperantes y así pude unirme a ellos durante una jornada para hacer una visita a la ciudad conducidos por alguien del lugar que hablaba el francés perfectamente.
Me parecía encontrarme en lugares que solo he visto en las películas y creo que tenia la sensación de que estaba en otro mundo u otro planeta. Otro mundo distinto del occidental desde luego si que lo es. Para empezar sus vestiduras son distintas. Los hombres visten grandes pantalones de pliegues diminutos que van desde la cintura sujetándose en los tobillos y que se extienden en forma de abanico cuando montan los burros o los camellos. Las mujeres cubiertas con túnicas blancas que sujetan con un brazo dejando solo una pequeña abertura que muestra un solo ojo. Debe de ser pesado tener que mantener el brazo siempre a la altura del rostro. No se ve nada más del cuerpo.

Tuve que seguir a Simón por la calle de las legumbres y frutas del mercado local para reunirnos con el pequeño grupo que nos esperaba en la plaza y como no podíamos ir uno al lado del otro durante algunos momentos su figura desapareció de mi vista y creí que nunca podría llegar a atravesar la ingente cantidad de hombres que hacen la compra y cubrían cada centímetro de la calle. Este mercado se extiende a lo largo de una calle de unos cuatro o cinco metros de ancha nada mas y cubierta en algunos trayectos por toldos. Las mercancías están expuestas en tenderetes a ambos lados lo que deja solo un par de metros para circular en ambas direcciones Los hombres son los que hacen las compras y había tantos que prácticamente te quedas en algunos momentos completamente bloqueada sin poder moverte hasta que alguien de tu lado recomienza la marcha. En los días sucesivos me acostumbre a recorrerla a solas y que desemboca en una plaza rectangular con arcadas en las que todos sus locales son comercios de los productos de la región. Allí se ven las ganduras y túnicas que usan los hombres y los tapices de lana que extienden desde arriba de los arcos para que los clientes puedan apreciar sus diseños. Todo hecho con lana tejida manualmente. Una maravilla de trabajo local.
En Ghardaia visitamos la mezquita mas antigua de la ciudad y subimos y bajamos por esas calles tan estrechas que podíamos tocar con los brazos las paredes de ambos lados de la calle. El guía nos llevo a la otra parte del río ( el oued) y de pronto nos encontramos en una inmensa explanada con cientos de piedras incrustadas en la tierra de distintas formas y de un tamaño no mayor de unos cuarenta cms. Entre las piedras crecían unas flores pequeñas de color violeta que al mirar desde lejos daba la impresión de un inmenso tapiz que ocultaba las piedras.. El Sol daba de lleno sobre este lugar. Era el cementerio de Ghardaia. No había muros o valla alguna por ninguna parte. Desde la calles se accedía a este lugar. Unas estrechas sendas hacían posible la circulación en este lugar sin tener que pisar las tumbas. En el centro y a un lado de esta gran extensión sobresalían las bóvedas de dos edificios. Uno la tumba de un marabú (hombre santo) que vivió allí y el otro el de una escuela coránica en donde enseñaba a sus discípulos el Coran. Ghardaia estaba a nuestra espalda y la torre de su mezquita central parecía un faro dirigido a este lugar. El Sol brillaba en esta mañana fría de desierto y el lugar estaba inundado de paz y silencio. Al lado de cada piedra vi un pedazo de ánfora roto que me explicaron sirve por la posición que se encuentra para saber si quien descansa en la tumba es un hombre o una mujer. No hay nombres ni otros signos de identificación personal. El guía nos explico que los que mueren solo descansan allí un poco de tiempo y por tanto no necesitan nada más.

Por la tarde visitamos Las Palmeritas a unos cuatro Km. de Ghardaia. Una inmensa extensión de casas de las que sobresalen cientos de palmeras y ocupan el lecho de lo que debe de ser el río cuando lleva agua en tiempo de lluvias. Estas casas todas de igual construcción son segundas viviendas a las que se trasladan los habitantes de Ghardaia en los meses del verano en las que las temperaturas alcanzan los 50 grados fácilmente. Así en la frescura de sus jardines interiores y durmiendo sobre las terrazas de sus casas sobreviven al calor.
Un verdadero oasis. Y entonces si me di cuenta de que por fin había llegado al desierto. Ese lugar con el que casi todos soñamos por visitar alguna vez en nuestra vida.

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