10 dic. 2007

Una mujer africana

Recuerdo una noche en que el vigilante vino a avisarme para que atendiera a alguien en el hospital. Siempre oía sus pasos al tocar la gravilla delante de mi ventana abierta y no necesitaba que él golpeara silenciosamente los cristales de ella para no despertar a quien dormía en las otras habitaciones de al lado. Teníamos una casa sencilla hecha de ladrillo y las habitaciones eran unas contiguas a las otras así que las ventanas se alienaban al exterior.
Ya estaba acostumbrada a levantarme una o varias veces cada noche cuando llegaban urgencias al hospital o la enfermera de guardia tenía problema con algún enfermo así que mi sueño era ligero y cuando escuchaba pasos yo ya me incorporaba de la cama con un salto y decía que ya salía. Me vestía con rapidez y Banda me esperaba afuera. Era un hombre entrado en años que se cubría con un abrigo viejo que le llegaba hasta los pies y arrastraba por la tierra que había sacado de algún baúl de un misionero y en la mano llevaba siempre un machete con una hoja grande y afilada y en la otra la lámpara de petróleo de mecha. La verdad es que verlo en la oscuridad asustaba a cualquiera sino se le conocía y entre su piel oscura y aquellos ropajes largos era casi imposible distinguirlo de la noche y de sus sombras. Se acostaba en distintos lugares del hospital y las enfermeras lo llamaban para que viniera a buscarme sin que ellas tuvieran que salir del recinto del hospital.

Aquella noche lo seguí mientras me decía que había una mujer muy herida y yo ya hacía cabalas pensando en lo que me iba a encontrar. De la casa al hospital había un trayecto de unos 100 metros que recorríamos los dos juntos y en los que yo siempre me sentía muy segura. Aquella noche había luna llena y en África la luz de la luna es tan fuerte y brillante , tan cercana que reflejándose en los techos del hospital o de nuestra casa hechos de hojalata parece que hay nieve sobre ellos . Se pueden contar las piedras del camino, admirar las plantas, divisar la silueta completa de la Iglesia bañada en la luz y hasta leer un libro con facilidad. Es un espectáculo imposible de describir.

El hospital tenía tres escalones a la entrada y allí se encontraba una mujer mayor sentada en uno de ellos y acurrucada en silencio. Normalmente los enfermos que llegaban de lejos siempre entraban a la sala de los pacientes en donde estaba la enfermera así que yo pensé en que era una acompañante. Me paré a su lado y le pregunte donde estaba la persona herida. Ella con una calma total me contestó que era ella. Me quedé parada y atónita… Yo esperaba encontrar a alguien tumbado, rodeado de gente y que sufría. Aquella mujer era la calma y la tranquilidad total. Empecé a pensar que no entendía que podía ser que no hubieran podido hacer los otros sin mi ayuda cuando le pregunté que le pasaba y porque había venido en medio de la noche andando tantos Km. desde su pueblo cuando ella se volvió para enseñarme su espalda. Al cortar leña con fuerza había hecho un gesto muy fuerte y la segunda hoja del hacha, la que queda atrás se le había clavado completamente en la espalda. La herida era profunda y larga y dejaba ver hasta el hueso.
No lo entendí, aún eran mis primeros años en África y aún no habíamos conocido la epidemia del Sida , ni el hambre nos había asolado, como en años posteriores. Yo aún no sabía la capacidad que tiene la mujer africana para el sufrimiento. Lo aprendería más tarde y día a día viviendo con ellos pero aquella mujer siempre ha sido para mí la representación de la fuerza interior del ser humano, de la serenidad con que se puede vivir lo bueno y lo malo que nos acontece sin aspavientos y con dignidad.
Naturalmente que atendí a su herida. La invité a que pasará conmigo adentro de la sala de curas y allí cosimos y reparamos aquella espalda.

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